Soledad

Año de Edición:

Editorial:

Nora Albalat
En memoria de Juancito


Desde que tengo memoria, me costaba dormirme, porque tenía miedo de quedarme sola.
Yo ya era una maestra del camuflaje (me doy cuenta ahora, al escribir este relato), y en vez de decirle a mi mamá que no me dejara sola, la llamaba una y otra vez para pedirle el chupete. Después, a medida que fui creciendo, pedí que me tapara, o un vaso de agua, o un pedacito de pan.
Mi madre, que estaba en el comedor, a cinco metros de mi dormitorio, venía a desgano, cuando podía oírme, porque ella cosía de noche toda la ropa que usábamos los integrantes de la casa, y entre el ruido de la máquina, mi voz lastimera y el hecho de dejar los hilvanes y los alfileres, dejaba pasar dos o tres llamados antes de levantarse para escuchar lo que yo pedía.
A veces, cuando nos hacía falta un pulóver, mi madre lo tejía a mano. Entonces podía venir a mi pieza, y mientras tejía con una luz mortecina (para evitar que me desvelara…) y voz casi imperceptible, me relataba anécdotas de su infancia.
Y si por un milagro no había nada para coser ni tejer, me leía un cuento o una fábula.
Los días feriados, mis hermanos mayores no tenían que levantarse temprano. Entonces, la noche anterior ellos se turnaban para leerme cuentos, y al cabo de los años, cuando ya me habían leído todos los cuentos cortos que había en la casa, mi hermano más grande inventaba historias de animalitos, llenas de suspenso, aunque después apagaba la luz con la promesa de contarme el final en la noche siguiente.
Durante el día, hacía lo que hace cualquier criatura normal: jugar, ir al jardín de infantes, ayudar a mi mamá en pequeñas tareas. Pero cuando mis hermanos volvían de la escuela, y se ponían a hacer su tarea, a mí también me daban “deberes”: en una hoja de cuaderno, dibujaban al comienzo de cada renglón una forma geométrica simple, y yo tenía que completar el renglón; y como lo hacía bastante bien, empezaron a escribirme números, letras de imprenta y luego cursivas. Ahora me doy cuenta de que aquello que parecía un juego, era un intento desesperado por enseñarme a leer, y liberarse así de las lecturas a la hora de dormir…
Lo que mis hermanos no sabían era que yo leía desde antes de los cinco años, pero lo hacía a escondidas para que ellos tuvieran que seguir acompañándome con cuentos por las noches.
En este punto quiero aclarar que me sentía desolada en el Jardín de infantes, al cual concurrí dos años, (salitas de cuatro y de cinco). Era un Jardín de sólo tres salitas, pero para mí era inabarcable. Tal vez algunos de los chicos estaban más acostumbrados porque habían concurrido a la salita de tres, pero lo cierto es que nunca pude lograr que alguien escuchara mi vocecita entre los aullidos de tan salvajes compañeros. Nunca pude comer mis galletitas en la merienda porque me las quitaban; no pude usar mis lapicitos que me robaron sin vergüenza ninguna; no pude tocar en la banda rítmica, porque me arrancaban de las manos cualquier instrumento que lograra asir; no pude actuar en ninguna fiestita patriótica… Mi manito levantada ante, por ejemplo, la pregunta sobre ¿Quién quiere hacer de la niña Merceditas para el 17 de agosto?, era aplastada por otras treinta manos con sus respectivos cuerpos que en forma de pirámide humana caían sobre mí, ahogando todo deseo de ser tenida en cuenta. En fin, para ser tenida en cuenta, debía decir que estaba descompuesta, y no era necesario hacer una buena actuación porque realmente me sentía descompuesta, y podía hacer pis o caca en mi bombacha, o ambos a la vez, y entonces la portera llamaba a mi casa por teléfono y mi mamá venía a buscarme. El bochorno de la situación era insignificante comparado con la satisfacción de verme a salvo.
Y llegó el momento de empezar la Primaria. Tuve un gran estímulo familiar para animarme el primer día, especialmente de parte de mis hermanos, que debieron pensar: – ¡Al fin va a aprender a leer! Pero mi miedo a sentirme sola aumentó en forma desproporcionada y creí que iba a desmayarme cuando mi mamá soltó mi mano. Por amor a ella y para no preocuparla, acepté soltarla y fui a formar fila simulando una sonrisa, mientras trataba de controlar el temblor de mis piernas.
La escuela era enorme, había varias divisiones de cada grado, unos trescientos chicos en el turno tarde, todos de blanco, y las aulas no tenían colores, sólo un número y una letra en la puerta. ¿Cómo poder identificar un número y una letra sin saber leer? Tuve mi primera alegría: yo sabía qué quería decir “Primero A”.
Sin embargo, eso no me sirvió de mucho. La maestra nos pidió que eligiéramos un banco de acuerdo a nuestra estatura. Supuse que por ser la segunda de la fila podría sentarme adelante, pero me empujaron sin dejarme sentar en ninguna parte. Entonces, cuando me quedé parada junto a la puerta, esperando descomponermepara que llamaran a mi mamá, ocurrió el hecho que marcó hasta hoy mismo. El primer hombre de mi vida se presentó ante mis ojos. Él también estaba parado, junto a la maestra. Recordé que lo había visto entrar con su mamá hasta el aula, y que no había estado en el patio formando fila. Pensé que simplemente había llegado tarde, pero enseguida la maestra nos explicó que tendríamos que cuidarlo porque estaba muy enfermo y no podría jugar en el patio, ni tomar frío, y que lo sentaría junto a una nena para evitar empujones u otro tipo de juegos rudos.
Ya se imaginarán con quién se sentó ese chico… Fue mi salvación. Además de sentirme protegida, ya que nadie se acercaba a nuestro banco con violencia por pedido expreso de la maestra, podía quedarme acompañándolo en los recreos, y así evitaba ser revolcada y pisoteada por las “hordas de caballos desbocados” que corrían sin control por el patio.
Y por si esto fuera poco, mi salvador tenía unos enormes y hermosos ojos azules y dejaba que yo me mirara en ellos en agradecimiento por ser la única niña que quiso sentarse con él. La agradecida era yo. Gracias a él, ya no me sentía desprotegida, ni sola.


*Nora Albalat. Cuento de su libro “Aunque no me creas”, ganador de la Faja de Honor de la SADE Central, editado en 2018 por Lágrimas de Circe.

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